¿Es posible ponerse de acuerdo?

Me pregunto si seré capaz de ponerme de acuerdo contigo. Si seremos capaces de compartir un mismo punto de vista, de entender la realidad y de interpretarla de la misma manera. Lo encuentro difícil. Improbable. De hecho no tengo ninguna garantía de que nuestra percepción de la realidad sea la misma, y ​​de que donde yo veo el vaso medio lleno, tú no lo veas medio vacío. La realidad es demasiado compleja y rica en detalles como para poderla percibir sin terminar sobrepasado por la avalancha de estímulos. Por eso las personas simplificamos nuestra percepción del mundo a unas dimensiones que nos resulten alcanzables. Para entender lo que nos rodea y lo que nos sucede, hacemos simplificaciones de la realidad y damos por buenas determinadas relaciones causa-efecto. Y probablemente tú y yo no estemos poniendo en práctica las mismas simplificaciones a la hora de reducir la complejidad de la realidad.

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Además, los seres humanos necesitamos sentirnos bien por naturaleza. Una vez nuestras necesidades básicas están cubiertas, necesitamos vivir de acuerdo con los valores y las creencias que hemos adquirido a través de nuestra vida y que nos han inculcado nuestras personas más significativas. Esto nos permite sentirnos bien, en un cierto equilibrio. Por eso tendemos a interpretar la realidad de aquella manera que nos permita mantener un cierto grado de bienestar en relación a estos valores y creencias. Y si al intentar adoptar tu punto de vista, éste entra en conflicto con mis creencias, probablemente me resulte más provechoso mantener intactas mis opiniones, no ponerlas en duda y así no poner en riesgo mi bienestar (eliminando la disonancia cognitiva). El problema es que esto tendrá lugar de manera inconsciente y, mientras esté exponiendo mis argumentos para demostrar que yo tengo la razón, simplemente estaré blindando mi coherencia interna. Me estaré creando un autoengaño que me protegerá. Porque para poder adoptar un punto de vista diferente al mío, tendré que pasar por una pequeña crisis, un cambio de paradigma que me provocará duda, inseguridad y sufrimiento. Por eso insistiré en exponer mis argumentos para que seas tú quien cambie de punto de vista. Al fin y al cabo, soy yo quien tiene la razón.

De hecho, iré un paso más allá. Escucharé tus argumentos sólo superficialmente, sin entrar en los detalles ni en los matices, y procuraré reducir la abundancia de posibles argumentos a una dicotomía de contrarios: mi opinión; la correcta, la tuya; la mala. De este modo, cada vez que quede confirmada mi opinión, la tuya quedará desmentida automáticamente. Nuestros posicionamientos estarán aún más alejados, pero del mismo modo se mantendrá alejado el riesgo de que, al cuestionar mis ideas, aparezcan en mí la inquietud y la inseguridad. Habremos conseguido convertir nuestra comunicación en un juego de sumas cero, es decir, un juego en el que si yo gano tu pierdes y, por tanto, no me puedo permitir el lujo de que tú tengas la razón.

Y no podemos dejar de lado cuál es la relación entre nosotros. De hecho, si nuestra relación no es especialmente cordial, respetuosa o fraternal, lo tendré fácil para aferrarme a mis argumentos y mantener mi coherencia interna aunque no esté de acuerdo contigo. Pero si, además, te identifico como alguien hostil, si te veo como mi enemigo, creo que seré capaz de estar en desacuerdo contigo incluso en aquellas cosas que en otras circunstancias podrían ser compatibles con mi punto de vista.

Bueno, tal vez me he dejado llevar por las emociones. Quizás sí que es posible alcanzar un cierto grado de acuerdo entre tu punto de vista y el mío. De alguna manera intuyo que la única manera de conseguirlo es sufrir una pequeña derrota. Reconocer por un momento que soy víctima de mi propio autoengaño y así poder ser crítico con mis opiniones, con mis prejuicios, con mis sesgos. Sólo de esta manera estaré preparado para entender la parte de verdad que hay en tu versión de la historia, en tu autoengaño. Espero que tú estés dispuesto a hacer lo mismo. De lo contrario estarás jugando con ventaja. ¿Estás de acuerdo conmigo?

La Profecía Autocumplida

Aunque la realidad no es tan idónea, no hay que olvidar que muy a menudo y para bien o para mal, la creencia de que algo va a suceder puede condicionar la manera en que nos comportamos, favoreciendo que ese algo acabe sucediendo. Se trata del fenómeno de la Profecía Autocumplida.

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