¿Personas tóxicas o relaciones tóxicas?

Creo que nunca olvidaré aquel trabajo en un taller metalúrgico. Sólo era un trabajo temporal mientras hacía la carrera pero tuve que dejarlo antes de los 6 meses. El motivo: no podía seguir soportando a mi jefe, el dueño del negocio. Era una persona hostil, malhumorada y prepotente. Yo intentaba hacer bien mi trabajo pero él aprovechaba cualquier excusa para descalificarme, para humillarme. Era una persona tóxica. O eso pensaba en ese momento. Ha pasado el tiempo y creo que debería agradecerle a la vida por poner a esa persona en mi camino.

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El escritor Bernardo Stamateas propone en su libro “Gente Tóxica” 13 tipologías de personalidades tóxicas, entre las que encontramos el envidioso, el descalificador, el falso, el psicópata, el neurótico o el agresivo verbal. Probablemente mi ex-jefe reunía los requisitos necesarios para ser incluido en muchas de estas tipologías y seguro que la lectura del libro de Stamateas me hubiera ayudado a protegerme de él en aquella época. Pero hay un hecho que desmonta de alguna manera esta “teoría de las personas tóxicas”. Esta persona tenía mujer, hijos y un círculo de amigos. Yo la había visto interactuar en alguna ocasión con estas personas y tenía un comportamiento ciertamente diferente. Su talante general era el mismo pero sus actitudes y conductas eran mucho más equilibradas. En aquel momento este hecho sólo reafirmaba la idea de que había una cuestión personal contra mí, pero con el paso del tiempo aquella experiencia me ha ayudado a entender que no existen las personas tóxicas. Sólo existen las relaciones tóxicas.

Decía Epícteto, filósofo de la antigua Grecia que “cuando alguien te irrita, es en realidad tu juicio quien lo hace”, y es que, difícilmente alguien puede hacernos daño sin nuestro consentimiento. Así pues, el poder que tienen las personas para generar en nosotros pensamientos y emociones negativas está limitado al grado en que éstas son capaces de hacernos conectar con nuestros conflictos internos. Son personas que, por algún extraño motivo, tienen la capacidad de hacer presente nuestro lado más oscuro, de ponernos delante de un espejo donde ver reflejados nuestros miedos, nuestras inseguridades, nuestras frustraciones o nuestros rencores.

La psicología analítica de Jung proponía el arquetipo de la Sombra, muy relacionado con el concepto freudiano del inconsciente. La Sombra era entendida como aquella parte oculta y oscura de nuestra personalidad que permanece reprimida en las profundidades de la mente. La lucha real para alcanzar nuestro bienestar es precisamente la aceptación de esta Sombra que intenta emerger a la superficie cada vez que tiene una oportunidad. Siguiendo este planteamiento podríamos decir que las personas que podemos llamar “tóxicas” son simplemente aquellas que consiguen que conectemos con aquellas partes de nosotros mismos que no aceptamos y con aquellos conflictos que no hemos conseguido resolver.

Yo no sé cuál era la intención real de mi ex-jefe cuando me hablaba con desprecio y, probablemente, nunca lo sabré. Lo que sí que sé ahora es que aquellas situaciones activaban una parte de mi personalidad que no quería reconocer o con la que no sabía cómo lidiar. El gran malestar experimentado, y el hecho de no ser capaz de aceptar mi propio lado oscuro, me impulsaban a culpar al otro y a verme como una víctima. Para mí era mucho más fácil pensar que mi jefe era una persona tóxica que plantearme la posibilidad de que era yo el principal responsable de cómo me sentía.

Indudablemente esa fue una relación tóxica, en la que el tipo de comunicación a que era sometido por mi jefe, hacía emerger mis conflictos internos no solucionados. Ha pasado el tiempo, y experiencias como aquella me han ayudado a conocer y aceptar un poco más la luz y la sombra de la persona que más poder tiene para hacerme sufrir y con la que espero ir mejorando la relación con el tiempo; yo mismo.

La Profecía Autocumplida

Aunque la realidad no es tan idónea, no hay que olvidar que muy a menudo y para bien o para mal, la creencia de que algo va a suceder puede condicionar la manera en que nos comportamos, favoreciendo que ese algo acabe sucediendo. Se trata del fenómeno de la Profecía Autocumplida.

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